Lo que aprendimos del ‘85

Esta semana recordamos una de las tragedias que más ha marcado a la Ciudad de México: la mañana del 19 de septiembre del ’85. A treinta años de distancia, lo que nos queda no es sólo recordar sino cuestionarnos qué tanto hemos avanzado en ese tema, ¿estamos preparados para enfrentar un acontecimiento como aquél que acabó con la vida de miles de personas? Parece ser que sí. En los últimos años se ha registrado una considerable mejoría en la conciencia civil así como una mayor responsabilidad y rigidez tanto en los reglamentos de construcción vigentes como en quienes se dedican a construir nuevos edificios en la ciudad.

Todo aquel que vive en la Ciudad de México sabe lo que es el temor cuando se da un movimiento telúrico, por menor que sea. La experiencia que nos dejaron los 8.1 grados en escala de Richter aquella mañana del 19 de septiembre se ha transmitido de generación en generación de manera que incluso quienes no habían nacido entonces, de alguna manera sienten esa incertidumbre cuando la alarma sísmica suena, o cuando perciben que algún semáforo se mueve de más.

¿Qué hay detrás de la experiencia? ¿Qué nos dejaron aquellos edificios colapsados y aquellas vidas que se fueron con ellos? Muchos no sabemos tal vez más que en esta ciudad son constantes los simulacros que se hacen, sobre todo en escuelas y oficinas de gobierno; que contamos con un sistema de alerta sísmica que cada vez ha ido mejorando aunque todavía ha tenido fallas, muchos hemos descargado la app para el celular y estamos pendientes de cada alarma que nos dé, aunque sea de un temblor de 3.5 grados. Lo que no sabemos es cuáles son las medidas de construcción que se han tomado para garantizar nuestra seguridad ante una eventualidad como estas.

Como sabemos, hay ciertos reglamentos de construcción. El primer código moderno de construcción en México se creó en 1957 a partir del sismo de 7.6 grados, famoso por haber tirado al Ángel de la Independencia; pero tuvieron que pasar casi 30 años y un temblor de mayor intensidad para que dicho código se actualizara.

Dicen los expertos que lo que pasó en el 85 es que, además de que la intensidad del sismo fue mayor, la gente en general estaba confiada de que nada similar volvería a pasar, el gobierno consideraba tal vez que no era necesario revisar el código, además de que los constructores no tomaban en cuenta el tipo de terreno en que construían, violaban el reglamento, colocaban menos acero del requerido, concreto de menor calidad y permitían que los edificios soportaran más carga viva de la que podían soportar.

A partir de entonces el Reglamento de Construcción se hizo más estricto y se designaron organismos especiales que autorizaban los permisos de construcción que cumplieran con las normas, y ellos mismos supervisaban las obras durante su construcción.

La diferencia que tenemos, nuevamente a treinta años, es que este Reglamento de Construcción del Distrito Federan se revisa y actualiza periódicamente; al parecer nadie dentro del gobierno ni de parte de la sociedad civil está dispuesto a que suceda otra tragedia para ver si se tienen o no que hacer modificaciones y, sobre todo, cumplirlas.

Actualmente los edificios se construyen apegándose a la versión más reciente del reglamento. Además de éste, las constructoras deben apegarse a las normas técnicas complementarias establecidas en el mismo reglamento, las cuales contemplan las adecuaciones específicas necesarias para casos de viento extremo y sismos.

Aunado a esto, los edificios se diseñan para que se puedan deformar y absorber los impactos en situaciones extremas, sin que colapsen. Todas las constructoras tienen el deber de estar al día con las modificaciones que se hacen al reglamento, mientras que los arquitectos se responsabilizan por el diseño de las estructuras secundarias.

Entonces, ¿estamos listos para enfrentar un sismo como el del ’85 o mayor? La respuesta, en cuanto a las construcciones, es sí; en cada individuo queda la responsabilidad de seguir las indicaciones de seguridad reglamentarias ante un sismo.